< Bukowski es como el Corto Maltés, o las actuaciones de Robert De Niro o Michael O'Rourke: todo lo que lees es lo mismo, huele al mismo sudor, te deja el sabor amargo de un antiguo chiste contado para distraer a la muerte, te envicia Bukowski porque las palabras tienen su aliento y puedes sentir la saliva que escupen, y sus historias de bares y pensiones son las mismas que tú vives en los mismos bares y las mismas pensiones. >
Desde que tengo uso de razón siempre he admirado e idealizado absolutamente todo lo que me ha ido gustando o causando buena impresión.
Si de pequeña me gustaba un juguete amaba ese juguete, si de adolescente escuchaba una canción y me parecía bonita ya era la mejor canción jamás escrita y nadie podía discutírmelo, ¿la película que acababa de ver en el cine? la mejor del mundo mundial.
Esto también me pasaba con actores, escritores, cantantes, y cualquier personajillo al que le diesen un poco de bombo y me resultase majete.
Claro está que con la misma velocidad que me venia ese fanatismo extremo, se me iba, me cansaba, me empezaba a parecer una mierda o yo que sé.
Hasta que llego él.
Tendría unos 19 años la primera vez que leí a Bukowski, sin ganas, porque estaba convencida de que a mi ese señor borracho y extravagante del que me habían hablado no podía contarme nada interesante, que su rollo no iba conmigo. SI, ME EQUIVOQUE.
Me equivoque tanto que muchos años después ese genio borracho aún consigue ponerme los pelos de punta cada vez que mis ojos se cruzan con alguno de sus textos, y a veces, en noches como hoy, me resulta totalmente imprescindible pasar un rato perdida en alguno de sus poemas.
Alguien dijo una vez "La única persona a quien merece la pena admirar es a uno mismo".
Está claro que ese alguien no conocía al viejo.
"
Oigo incluso cómo ríen
Las montañas
Arriba y abajo de sus azules laderas
Y abajo en el agua
Los peces lloran
Y toda el agua
Son sus lágrimas.
Oigo el agua
Las noches consumo bebiendo
Y la tristeza se hace tan grande
Que la oigo en mi reloj,
Se vuelve pomos sobre la cómoda
Se vuelve papel sobre el suelo
Se vuelve calzador
Tique de lavandería
Se vuelve
Humo de cigarrillo
Escalando un templo de oscuras enredaderas.
Poco importa
Poco amor
O poca vida
No es tan malo,
Lo que cuenta
Es observar las paredes,
Yo nací para eso
Nací para robar rosas de las avenidas de la muerte.
— Culminación del dolor, Charles Bukowski.

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